“Propongo llamar ‘adorniana’, a toda narrativa política que intente ocultar un chanchullo”

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NARRATIVAS ADORNIANAS

Por Antonio Camou *

La voracidad material y la torpeza política de los libertarios se manifiesta en hechos concretos, pero también en una insólita narrativa contraria a todo lo que pregonaban: elevar la vara de la ética pública para poner punto final a las conductas privilegiadas de la casta.

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Hay escritores que tardan dos o tres libros en dar con alguna imagen potente capaz de captar la imaginación de sus lectores; otros, pese a su empeñoso talento, no lo consiguen nunca. En un puñado de fulgurantes intervenciones el ya renunciado Jefe de Gabinete nos ha entregado, como adelantamos en una nota previa, una saga memorable capaz de nutrir el ecosistema crítico de la prensa independiente, la siempre imaginativa cuota de humor que circula por las redes o el entusiasmo de una oposición totalmente desarticulada que ni siquiera ha tenido que esmerarse mucho para voltearlo.

Un atractivo central de esta involuntaria película de enredos impositivos, legales y políticos se apoya en la meticulosa elaboración de un núcleo duro de secretos: ¿De dónde sacó Adorni realmente el dinero para la compra reciente de importantes propiedades, para solventar refacciones lujosas o para encarar viajes dispendiosos? ¿Cuándo obtuvo esos pingües ingresos? ¿Hay otros partícipes que habitan las altas cumbres del poder metidos en esta caricaturesca novela policial?

Como bien nos ha enseñado Ricardo Piglia, a diferencia del “misterio” (que no tiene explicación lógica) o del “enigma” (que se propone como un hecho que puede ser racionalmente descifrado), en el “secreto” hay un ocultamiento deliberado de una verdad, un sentido que intencionadamente es sustraído de la vista de otros, mediante alguna artimaña de poder. Hay secreto porque alguien sabe efectivamente qué pasó, pero se niega a decirlo. Algo de eso ha mantenido en vilo a la opinión pública durante los últimos meses.

Pero la intrincada serie de relatos embusteros que se traslapan, se ramifican, se encadenan, y en última instancia, se contradicen, probablemente se hubiera disuelto en el fárrago cotidiano de noticias, si no hubiese sido por la vigorosa eficacia comunicacional de las imágenes invocadas. Allí tenemos la cascada de mármol travertino en la pileta del country, la caja de zapatos donde se encontró una inesperada herencia paterna, el pendrive arrumbado en un escondrijo que albergaba un patrimonio millonario. Cuesta encontrar en la literatura argentina figuras capaces de empardar la pregnancia cognitiva y emocional de estos retratos: tal vez la sombra terrible de Facundo, tal vez la pelea a cielo abierto entre Fierro y el Moreno, tal vez la reluciente esfera del Aleph.

Claro que como en toda buena ficción, el héroe no está sólo; lo acompañan una atrayente galería de personajes que han venido enriqueciendo la trama a cada paso: la esposa ―dedicada al coaching ontológico― con jugosos contratos de asesoramiento metafísico a varias dependencias estatales, siempre necesitadas de orientación espiritual; el hermano Francisco, tan flojo de papeles como Manuel; las jubiladas opulentas y generosas que prestaron una friolera de dólares a un desconocido; el “amigo” constructor que antes de la primera curva entregó a su compañero en tribunales; la inefable escribana Nechevenko, que pasó de dar su comprable fe en negocios con narcotraficantes a escriturar en la Casa Rosada la propiedad de Indio Cuá, y otras joyas por el estilo. Que nadie se atreva a comparar la sugestiva productividad teatral de estos cuadros con las repetidas, aparatosas, insulsas caídas de Andrea del Boca en Gran Hermano.

Incluso la impensada sucesión de contrapuntos que se fueron eslabonando contribuyó ―como en un juego de espejos enfrentados― a resaltar la tensión dramática del conjunto. Así, divisamos primero al hombre de pelo ralo en su época de asador pobretón, avivando el fuego de una parrilla frugal, improvisada contra una pared huérfana de revoques o de pintura, y pasamos luego a observar al mismo fulano convertido en alto funcionario, dueño de una cabellera nutrida, que viaja en avión privado a Punta del Este por un finde largo; en un extremo de la cadena leemos el reclamo por un paquete de salchichas en mal estado, seguida por la candorosa alegría de recibir en compensación un paté sabor provenzal, pero en el otro polo de las noticias soportamos el tono despectivo del vocero presidencial ninguneando a periodistas o maltratando a personas con discapacidad; la misma lógica contrastante se repite cuando espigamos los abundantes videos en los que el contador de la UADE confesaba su plena ignorancia en materia de bitcoins, y a reglón seguido cotejamos sus postreras declaraciones en el sentido de que habría amasado una fortuna especulando tempranamente con cripto-monedas.

Con el debido respeto a la docta memoria del filósofo alemán Theodor W. Adorno, propongo llamar “adorniana” (aunque también podría ser “adornina”), a toda narrativa política que intente ocultar un chanchullo ―omisión maliciosa, enriquecimiento ilícito, lavado de activos, etc.― mediante una plétora sugerente de fábulas enroscadas, contradictorias, inverosímiles, pero capaces de sostener la atención ciudadana por un lapso prolongado.

Nadie sabe cómo seguirá esta historia que ya se ganó un lugar en el grotesco museo de la política criolla. Según se enderecen los planetas, el tipo que se “deslomaba” en Nueva York puede acabar con sus huesos en la cárcel, pasar a mejor vida en una próspera embajada o acovacharse en alguna recóndita dependencia estatal: un escalón previo a perderse en el más intrascendente de los ostracismos, del que sólo Netflix podrá salvarlo algún día.

Pasará el tiempo e inexorablemente a todos nos trabajará el olvido; perderemos fechas, circunstancias detalladas, nombres propios, pero sospecho que la substancia poética del meteórico pasaje de este impresentable comediante por la gestión pública permanecerá firme en el recuerdo. Me arriesgo a predecir que el eje de su falso y enrevesado testimonio continuará reverberando en la cóncava memoria de las generaciones por venir. Es más, ya vislumbro futuros debates de sobremesa familiar en torno a la corrupción, los dineros mal habidos y el abuso del poder que inicien, o concluyan, con un diálogo del siguiente tenor:

― ¿Cómo se llamaba ese “ladri” pelado que se hizo el entretejido cuando estaba en el gobierno?

― ¿Espert? ¿Spagnuolo?

― No, Espert recibía guita de un narco preso en USA pero siguió siendo pelado; Spagnuolo estaba metido en el caso de las coimas en la Agencia Nacional de Discapacidad, pero no se hizo ningún entretejido. Yo digo el que no podía justificar la guita con la que construyó la cascada en la pileta del country…

― ¡Manuel Adorni!

FIN.

La Plata, 28 de junio de 2026. Publicado en el portal de noticias DIAGONALES (La Plata, 29/06/2026). Disponible en: https://www.diagonales.com/opinion/narrativas-adornianas_a6a43008648d39b4b1fcbbf51

* Departamento de Sociología (FAHCE – UNLP)

La nota mencionada aquí arriba: https://www.diagonales.com/opinion/quedo-claro-que-mintio_a6a3178095333934558168e0b