Este año, dos representantes de Investigadoras Formadas y en Formación en el Consejo Directivo nos comparten sus reflexiones
– ¿Cómo hacen ciencia las mujeres en la coyuntura actual?
– ¿Cuáles son los sesgos, las dificultades y desafíos?
– ¿Qué recomiendan para alentar las vocaciones científicas en las niñas?


La ciencia es el espacio de la pregunta, del reconocimiento de que aún existen numerosas cuestiones sin respuesta o que todavía no comprendemos plenamente. Es el ámbito en el que se interroga aquello que suele presentarse como obvio o natural, promoviendo el pensamiento crítico.
Ser científica implica tener preguntas nuevas, reconocer que hay muchas cosas que aún no sabemos. Y las respuestas las buscamos construir desde una mirada del mundo que implica “anteojos disciplinares”, sostenidos por teorías, metodologías y conocimientos específicos. Investigar supone movilizar saberes, aplicar metodologías de manera rigurosa y sistemática y, sobre todo, tener una profunda pasión por conocer y aportar a la construcción colectiva del conocimiento. La investigación permite comprender lo que no se ve, aquello que hasta el momento permanecía oculto, desconocido o se percibía como natural.
Las mujeres que nos dedicamos a la actividad científica somos proporcionalmente más que los varones: se estima que en Argentina representamos cerca de 6 de cada 10 personas que se desempeñan en este ámbito, fenómeno que se observa particularmente en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) (ver https://cifras.conicet.gov.ar/publica/grupografico/show-publico/36 ). Sin embargo, al igual que en otros espacios laborales, enfrentamos lo que se conoce como techo de cristal, es decir, mayores obstáculos para acceder a cargos de mayor jerarquía. Esta situación se evidencia en el hecho de que menos de 2 de cada 10 personas que ocupan posiciones superiores en la investigación científica son mujeres.
Esta desigualdad se debe, principalmente, a que, por nuestra condición de mujeres en la sociedad en la que vivimos, asumimos una sobrecarga de tareas de cuidado, lo que vuelve más dificultosa nuestra trayectoria profesional. La dirección de proyectos de investigación a gran escala, la realización de viajes o intercambios en el exterior, entre otros aspectos clave de nuestro desarrollo académico, nos presentan mayores obstáculos que a nuestros colegas varones. Todo esto ocurre en el marco de un sistema científico que no contempla adecuadamente estas realidades, reproduciendo e incluso, en ocasiones, profundizando desigualdades sexogenéricas.
Es fundamental promover, desde edades tempranas, la curiosidad, alentando siempre la búsqueda de respuestas y la generación de nuevas preguntas, y propiciando que no acepten explicaciones del tipo “porque sí” o “porque no”. También resulta clave propender a la desarticulación de los estereotipos de género: así como no existen colores “de mujeres” o “de varones”, tampoco hay tareas sexogenéricas, ni temas de investigación, ni áreas del conocimiento reservadas según el género.
Alentar vocaciones científicas implica transmitir la idea de que aquello que se presenta como normal, obvio o natural puede y debe ser interrogado y explicado. Comprender el mundo también supone abrir la posibilidad de que las cosas sean distintas de como se nos presentan. En un contexto donde el poder de compra de los salarios se desploma, la reforma laboral busca eliminar derechos adquiridos por la clase trabajadora y el sistema científico y universitario se encuentran en franco proceso de desfinanciamiento, es necesario tener presente que el conocimiento, el saber científico, es un motor ineludible para la construcción de nuevas realidades y que las soluciones se construyen colectivamente.
Por Mariana Busso

La fecha hoy tiene un peso particular. Es una coyuntura marcada por tensiones profundas en torno al rol del conocimiento, la producción científica y las políticas públicas que la sostienen. Asistimos a un escenario donde la ciencia enfrenta recortes presupuestarios, precarización laboral y cuestionamientos a su legitimidad social.
Persisten brechas de género en el acceso a carreras científicas, en el reconocimiento y en los espacios de decisión, mientras crecen discursos que relativizan la desigualdad o recortan políticas públicas clave. Recordar este día es insistir en que la ciencia no es neutral, y que el conocimiento que producimos está directamente ligado a quiénes pueden hacerlo y desde qué experiencias.
En este contexto me parece que es importante desarmar la idea de trayectorias lineales, meritocráticas y descontextualizadas, que suelen ocultar redes de apoyo desiguales, tiempos de cuidado invisibilizados y barreras materiales concretas.
En definitiva, pensar la ciencia desde una perspectiva de género también es pensar cómo se produce el conocimiento y en qué condiciones. La ciencia no es una tarea individual ni aislada, sino un trabajo colectivo que se sostiene en redes, equipos e instituciones. Para que ese conocimiento sea más robusto y relevante, esas redes necesitan ser democráticas, abiertas y con reglas de juego más igualitarias, que reconozcan trayectorias diversas y distribuyan de manera más justa las oportunidades y los reconocimientos. Creo que se trata de construir y sostener espacios donde más voces realmente puedan incidir en qué se investiga, cómo y para quiénes.





