Nos proponemos conjugar y hacer converger las líneas de investigación desarrolladas por un conjunto de 15 proyectos de investigación radicados en distintas instituciones académicas de nuestro país y del extranjero que investigan, desde la filosofía, la historia y la literatura, ideas, discursos y acontecimientos que tuvieron lugar en Europa y América durante el siglo XVIII, sus antecedentes y sus legados que llegan hasta nuestro presente.
Al referirnos al “siglo XVIII” retomamos una denominación tradicional, muy establecida desde hace largo tiempo en los estudios y sociedades científicas. Si bien en sentido literal denota un periodo calendario que se extiende entre los años 1700 y 1800, dentro de la tradición en la que se inscribe este programa, la referencia al siglo XVIII remite antes que nada al complejo fenómeno que ha sido conocido historiográficamente como “Ilustración”, “Illuminismo”, “Aufklärung”, “Lumières”, “Enlightenment”, entre otros.
Como todo proceso histórico de gran envergadura, los límites temporales son difusos, dependen de qué se entiende por cada concepto o categoría y desde qué perspectiva se definen. Incorporamos trabajos muy influyentes (Israel, 2001; 2006) que argumentan su comienzo en la segunda mitad del siglo XVII, la figura del filósofo holandés Baruch Spinoza y la extensión del fenómeno . Por otra parte, en la medida en que la Ilustración se desarrolló en distintos países de Europa y en continentes no europeos, en distintos momentos y a distintos ritmos, se ha señalado que es un fenómeno que se extendió más allá del 1800 (Porter y Teich, 1981; Whiters, 2008; Bolufer y Serrano, 2022).
La Ilustración fue objeto de críticas al poco tiempo de su emergencia en Europa (Ferrone y Roche, 1998; Bolufer, 2003; Lilti, 2019). Rechazada en el siglo XIX por sectores conservadores que defendían los valores religiosos tradicionales en contra del secularismo, el laicismo, la libertad de expresión y la tolerancia. También hubo cuestionamientos de gran impacto en los estudios académicos a fines de la Segunda Guerra Mundial desde la escuela crítica de Frankfurt que puso al descubierto que detrás del discurso acerca del progreso que prometía con optimismo la racionalidad científica moderna, yacía un proyecto de degradación de la humanidad y de destrucción de la naturaleza. Michel Foucault relevó los mecanismos de poder, disciplinamiento y normalización encapsulados en los discursos y las prácticas ilustradas. Estas dos lecturas resultan, a nuestro juicio, ineludibles, no por ser incuestionables, sino porque encendieron con sagacidad las alarmas sobre las herencias de la Ilustración, alarmas que parecen desconocer por completo las idealizaciones que asoman en las reivindicaciones que encontramos en Jonathan Israel (2001; 2006) y Anthony Pagden (2013).
Los debates sobre la modernidad y la posmodernidad, las críticas a la Ilustración y a lo que se ha llamado “el proyecto moderno” se han convertido casi en un lugar común. A partir de la década de 1980 emergieron nuevas críticas desde los feminismos y los estudios poscoloniales que señalaron lo que había quedado excluido y reprimido tanto en el contenido ideológico mismo del proyecto ilustrado como en sus narrativas: las voces y los derechos de las mujeres y de los pueblos no europeos. El universalismo y la igualdad del género humano proclamado que raras veces tuvo como corolario la admisión de las mujeres como sujetos de derechos políticos, económicos o sociales (Knott y Taylor, 2005) y el cosmopolitismo, el avance civilizatorio y científico ilustrado con su sesgo eurocéntrico que se construyó en base de la colonización, la explotación y la esclavitud de poblaciones no europeas (Grüner, 2010).
Actualmente, voces potentes y resonantes estimulan una vuelta a sus ideas y narrativas para reevaluarlas en función de las urgencias y problemas que enfrentamos en nuestro tiempo. De pensarla como fenómeno de corte exclusivamente europeo, con epicentro en la filosofía francesa (Cassirer, 1932; Házard 1935; Gay 1966-69) a nuevos estudios que mostraron manifestaciones locales diversas en términos de ideas, lenguajes, géneros literarios y prácticas. Se identificaron modalidades y características de la Ilustración alemana, escocesa, inglesa, italiana, española, americana, asiática y africana. La circulación de las ideas entre Europa y los otros continentes, el cuestionamiento al universalismo como uno de los principales legados de la modernidad del siglo XVIII. Asimismo, los estudios ya no reducen la agencia de la Ilustración a un panteón masculino y filosófico, sino que incorporan y ponen en valor la intervención de las mujeres y actores por fuera de las élites intelectuales, quienes, aun adhiriendo en muchos puntos a sus ideales, denunciaron sus aspectos fallidos o sus acaso inevitables contradicciones. De tal modo, las historias de la Ilustración incluyen cada vez más a autoras como Olympe de Gouge, Catharine Trotter Cockburn, Mary Wollstonecraft y Émilie du Châtelet, entre muchas otras.
Gracias a innumerables estudios, aprendimos que la Ilustración no puede ser caracterizada como un fenómeno homogéneo y lineal. Reconocemos que fue polimorfo, heterogéneo y múltiple; ambivalente y contradictorio. Hoy sabemos que nunca existió un “Paraíso ilustrado”; que no hubo una concreción perfecta de sus supuestos ideales y valores; que estos valores e ideales acarreaban tácitamente correlativas opresiones, dependencias, exclusiones y discriminaciones de género, de etnias y de clases. Por eso, resulta acertada la propuesta de Paganini y de Tortarollo (2008) de caracterizar a la Ilustración como constituida por campos de tensión, no solo entre los discursos y las prácticas, sino también al interior de los propios discursos, de las ideas, de las creencias, de los valores, etc. Coincidimos también con Lilti (2019) en su caracterización de la Ilustración como ambivalente y polifónica. Así, por ejemplo, algunos de sus protagonistas europeos más conspicuos como Voltaire o Helvétius, eran, por un lado, abogados entusiastas del progreso civilizatorio ilustrado a la vez que, por otro lado, reconocían que el bienestar del que gozaban los europeos se había alcanzado a fuerza de las graves injusticias que imponían la colonización y la esclavitud en el “Nuevo Mundo” y en territorios de Asia y África.
En la actualidad los valores de la Ilustración son tema permanente de discusión, reflexión e investigación no sólo en el ámbito académico sino también en la opinión pública, en gran parte debido al avance del autoritarismo y del fundamentalismo religioso en distintos lugares del mundo. Si hasta el momento se han verificado los perjuicios que la Ilustración ha ocasionado en el pasado y en el presente, creemos que —como reza el dicho— no habría que arrojar al niño junto con el agua de la bañera. Pensamos, más en línea con lo que se propone Todorov (2006), que sería mejor escrutar la Ilustración en su inmensa complejidad y diversidad, juzgarla tanto desde adentro de ella misma como desde afuera —desde nuestro presente—, asumiendo nuestro propio punto de vista interesado, ponderando qué es lo que vale la pena preservar de ella para superar sus limitaciones. Sus efectos negativos y positivos, sus mentadas “luces” y “sombras”, llegan hasta hoy, por lo cual será imposible preguntarnos sobre ella de una manera desapasionada. Al mismo tiempo, a pesar de esa persistencia, hay una distancia que media entre aquellas creencias, valores, prácticas y sucesos del siglo XVIII y nuestras sociedades y subjetividades que no puede ni debe ignorarse, ya que un componente imprescindible de un abordaje histórico consiste en reconocer la alteridad del pasado. Este programa se propone seguir investigando las muchas variantes constitutivas de esa alteridad, tanto las que conocemos bastante, como las que apenas conocemos o las que quizá ni siquiera imaginamos, con la clara conciencia de que al hacerlo estamos indagando “en las luces y las sombras en las que hunden sus raíces nuestras sociedades contemporáneas y, más todavía, en la matriz de nuestros criterios de verdad y de nuestra propia subjetividad” (Bolufer 2003, p. 22).

